Es la típica ruta de moteros. Es más mítica todavía que la Ruta 3, porque en su mayor parte es de ripio, es decir, de tierra y piedras, y pasa por regiones bastante desoladas, un poco al estilo del salvaje oeste. Su longitud total es de unos 5.000 km, de los que yo he hecho sólo unos 1.400, entre El Calafate y Bariloche, aunque es la parte más famosa porque es la que atraviesa muchos parques nacionales.
Salvo que se haga en vehículo propio, sólo hay dos formas de viajar. Al estilo argentino, en que se viaja de noche; de ese modo, se ahorra una noche de hotel y se va más rápido. La otra es contratar con Chaltén Travel, que está pensado para turistas y viaja de día, lo que al menos permite ver el paisaje. Es lo que yo hice. El problema es que ellos programan las paradas y alojamientos, en sus hostel, por lo que yo, que intentaba ir a mi bola, tuve algunos inconvenientes.
Primer tramo El Calafate / El Chaltén. Es corto y está todo asfaltado. Problema que “su” hostel, Rancho Grande, está lleno (las pocas plazas que quedaban las llenan los pasajeros de mi bus que tienen reservas) y tengo que recorrer el pueblo cargado con mi mochila a buscar alojamiento. Gracias a Dios es pequeño, pero cuando llego a la Hostería Los Ñires me importa un pimiento que el WI FI esté roto.
Segundo tramo. Salida de El Chaltén a las 9:00 y llegada a Perito Moreno a las 22:00. Me avisan de antemano que su hostel está lleno, pero me intentarán gestionar una habitación en otro hotel (solo hay dos más), aunque puede que sea en dormitorio compartido. Me dicen que no me preocupe que seguro que encuentro una solución, que no voy a dormir en la terminal de ómnibus (entre otras cosas, porque no hay terminal). Uno de mis compañeros de ruta me tranquiliza diciéndome que en el peor de los casos dormiría con una familia. No había reservado la salida para el día siguiente a Bariloche, porque no tenía claro si quería quedarme un día por la zona y conocer la Cueva de las Manos (pinturas rupestres) y Los Antiguos. Si lo hago, como el bus sale cada dos días y el 31 descansan, me tengo que quedar tres y no parece muy atrayente. Finalmente cedo y entro en el juego. Duermo donde me digan y al día siguiente salgo para Bariloche, aunque me quedo un poco antes en El Bolsón. Finalmente fui el único que tuvieron que llevar a una cabaña a un kilómetro y me recogieron a las 7:45.
Este segundo tramo fue el más divertido. Voy en primera fila y me tocan compañeros habladores. El copiloto, nacido en de El Bolsón, que, entre siesta y siesta, le va preparando los matecitos al conductor. Un canadiense de origen hindú que está haciendo proyectos de voluntariado de energía solar en el norte de Argentina. Una pareja de neoyorquinos que llevan 5 años de guías turísticos (montañeros) en los glaciares de Chile, en un sitio perdido, el río Baker (que aquí pronuncian como si fuese vaquer). Marcelo, un agricultor chileno, me cuenta su historia que refleja muy bien la diferencia de carácter con los argentinos. Él se ha criado en Argentina, en los Antiguos, pero vive en Cochrane (Chile). Es consciente de que en Argentina tendría más oportunidades, porque los chilenos tienen más iniciativa (él lleva trabajando desde los ocho años), pero quiere que su hijo, de cinco años, reciba la formación en Chile, que es más exigente (no se repite con asignaturas pendientes,…) y tenga las oportunidades que él no tuvo.
Además, las paradas son en sitios increíbles, como en La Estancia La Siberia o en Bajo Caracoles, que Bruce Chatwin en su libro “En la Patagonia” define como “un cruce de caminos insignificante cuyas carreteras en todas direcciones no conducen a ninguna parte”; no ha cambiado mucho aunque hayan pasado varias décadas.
El tercer tramo es un peñazo. Voy en la última fila, sin nadie al lado, junto al servicio y delante una francesa que no se quita su i-pod. Ni Labordeta hubiese podido pegar la hebra en esa situación. Para colmo las paradas son en gasolineras YPF. Casi todos los del bus son mochileros, con bajo presupuesto, duermen en hostel en dormitorios compartidos (60 pesos argentinos - 11,2 €) y comen lo que compran en supermercados. Hay muchos israelíes, que se toman un año sabático, después del servicio militar (3 años ellos; 2 ellas); “son bien bravos”, me dice la señora de una lavandería.
En esta zona, en que la naturaleza es tan dura rige todavía una especie de fraternidad ancestral. Los conductores se saludan (salvo que sea un turista con coche alquilado o un motero que no se atreve a levantar la mano por el ripio) y, cuando hay un coche parado, de desacelera para ver si necesita ayuda. Hay una anécdota muy buena al respecto. Si alguien en la ruta tiene que matar una oveja para comer, es algo totalmente aceptado, siempre que deje en la alambrada la piel y el cuero, lo que demuestra que no la mató para lucrarse, sino por necesidad.
Poco a poco los kilómetros de estepa se van haciendo más verdes y con matorrales más altos, hasta llegar a convertirse en bosques. La Patagonía para mí siempre será esa imagen. Una gran “T”. El palo vertical, la carretera que se va estrechando y se pierde en ningún sitio en el horizonte. El palo horizontal, el cielo, de un azul intenso cunado no hay nubes. Nada a un lado y nada a otro, con sus cercas de alambre, y todo visto a través de un parabrisas quebrado por un chinazo. De banda sonora, el viento. Solo muy de tarde en tarde una manada de guanacos, con sus elegantes carreras, un grupo de ñandúes, o unos caranchos que picotean un conejo atropellado en la carretera. Después de tantos días uno tiene que despedirse así, lentamente, lentamente, como en una cámara de descompresión.
¡Adios a la Patagonia seca, quién sabe cuando volveré a estas tierras!
Hotel Rochester. Buenos Aires. 3 febrero 2010.

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