Hay tres excursiones típicas para verlo. La primera es una navegación corta (una hora) por el lado sur, en el que el catamarán se acerca a unos 300 metros y empieza a recorrerlo lentamente de un lado a otro. Luego se desembarca y se puede contemplar por unas pasarelas desde tierra. Todo el mundo atento a poder ver un gran derrumbe.
La segunda es una navegación larga que lleva primero a otros dos glaciares, el Upsala y el Spegazzini. El Upsala ha soltado tantos témpanos que no es posible acercarse. Otro espectáculo es contemplar esos grandes icebergs a la deriva por el lago. De pronto, en uno se parte un trozo grande por el desgaste del agua y se rompe el antiguo equilibrio. El témpano se queda como unos segundos pensando y después se da la vuelta y rota hasta encontrar el nuevo equilibrio. Ahora, en su nueva postura, la zona de desgaste es otra y por eso van adquiriendo esas formas tan caprichosas. El Spegazzini es incluso más alto que el Perito Moreno y permite ver las lenguas de hielo que caen de las montañas, pero no tiene la elegancia de aquel. Finalmente el catamarán va al rey del lago, el Perito, para pasear por su cara norte.
La tercera es un pequeño trekking sobre el glaciar de una hora y media, utilizando calzado con crampones. La rodilla sufre un poco, así que me lo desaconsejaron. Tuve que conformarme con contemplarlo de lejos.
Francisco Pascasio Moreno, que le da nombre, fue un explorador e investigador de estos lugares. No llegó a ver “su” glaciar, pero si el Lago Argentino en el que desemboca. Fue nombrado experto argentino en la delimitación de fronteras con Chile. La anécdota que cuentan de él es que él proponía que se utilizarán las cumbres de las montañas más altas como referencia y los chilenos que los valles fuesen de un lado u otro según los ríos desembocasen en el Pacífico o en el Atlántico. Para él ese criterio no era estable, aunque los chilenos se empeñaron. Para demostrárselo, hizo un pequeño movimiento de tierras y consiguió que un río cambiase su vertiente y bajase hacia el Atlántico, con lo que la zona pasó a ser argentina. Esto lo cuentan los argentinos con mucho orgullo, dentro de sus piques con los vecinos.
El Calafate ha crecido mucho en los últimos años, especialmente desde que construyeron el aeropuerto en 2001. Ahora es un sitio bastante turístico, aunque con cierto toque hippy de paz y amor. Yo me esperaba un paisaje verde de bosques, tipo Ushuaia o Bariloche, pero lo que hay alrededor es pura estepa, aunque los bosques sí están cerca.
Desde El Calafate aprovecho para visitar otra estancia, Nibepo Aike, que tiene unas vistas impresionantes al Lago Roca y al brazo sur del Lago Argentino. Esta fue una de las estancias en que paró la Reina Beatriz de Holanda en su visita al país de su nuera. Allí hice una pequeña cabalgata (con caballos mansos), luego hubo una pequeña demostración de perros pastores y esquila, y, para terminar, como no, un buen asado de cordero. Como en las historias de Asterix.
Hotel Amancay. El Bolsón. 30 de enero de 2010.





