viernes, 26 de febrero de 2010

PRAIA DO ROSA II




He buscado algunas fotos en Google porque la verdad es que en mi foto salía bastante desmejorada. No quiero que se enfade conmigo Demian por antimarketing. Una pena que mi habitación no tuviese vistas.


PRAIA DO ROSA


Una vez que se fue mi hermano, decidí buscar una playa tranquila en el mismo Estado de Santa Catarina, pero ya en el continente. Había dos opciones: Bombinhas y Porto Belo (al norte) o Praia do Rosa (al sur). Mi olfato me decía que la segunda iba a ser menos turística y creo que acerté.

Primero, no hay autobús directo. En la estación me dicen que tome el autobús a Garopaba. Después de unas dos horas, el copiloto me dice que hemos llegado al cruce con la carretera a Praia do Rosa, que es donde me tengo que bajar. Una vez abajo, nada, un cartel que señala la dirección sin decir la distancia y domingo a medio día con todo cerrado. En una farmacia me indican donde está la parada de autobús, pero no sabe cada cuanto pasan. Afortunadamente está techada y tiene sombra.

Cuando llevo casi una hora esperando, aparece Pedrinho, un taxista que está haciendo mudanza de su casa y lleva el coche cargado hasta arriba; en ese momento está transportando las plantas. No estoy para elegir, así que me meto en mitad del “bosque” y adelante. No tenía reserva, pero si la dirección de una de las pousadas que aparecían en la guía Lonely Planet, Pousada La Roca. Pedrinho me dice que allá yo, pero que él elegiría una en el centro, hay muchas, pero que La Roca está en lo alto del morro y que de noche está muy oscuro. Pues si qué es complicada Praia do Rosa.

Confío en Pedrinho y me bajo en el centro, agotado. Lo primero, me tomo un suco (zumo) de açaí, que es una fruta tropical que tenía ganas de probar y que dicen que tiene muchas vitaminas. El de la tienda me recomienda la pousada Halliny do Rosa y allí me recibe Demian, que en cuanto me oye, me pregunta: “¿Gallego de dónde?”. Es argentino y ha trabajado cinco años en Marbella. El pueblo está lleno de argentinos, no sólo visitantes, sino también los que explotan los negocios. También hay mucho brasileiro de Rio Grande do Sud, por los “cimarraos” de hierba mate que se toman hasta en la playa con la caló.

La playa en sí está rodeada de vegetación. En la parte central hay una laguna y una montaña, el “morro”, que la protege. En esa montaña hay casas pero diseminadas y bien integradas en el paisaje. Tiene dos problemas: uno que para ir a la playa hay que cruzar la montaña, de diez a 20 minutos, según la ruta; más empinada la primera. El segundo, la lluvia. Llueve todos los días, al menos unas horas. Como dice Demian, si no lloviese, no estaría tan verde.
Para mi tiene todo lo que busco. Una playa bonita, con trilhas (senderos) que conducen a otras playas. Un pueblito pequeño, pero con varios bares y restaurantes. Un bar junto al mar, el de la foto, que sirve cerveza bien fría. Un ventilador en el techo de mi cama y una hamaca en mi porche para echarme la siesta y leer. Los de la pousada son muy agradables y por todos lados puedo hablar español. No tengo las vistas espectaculares de las pousadas del morro, pero no tengo que volver andando a oscuras por la noche ¡Qué providencial fue Pedrinho!

La foto no hace justicia a la playa. Lo bonito es que es que todo la parte interior está llena de vegetación. Es un sitio de surferos y muy cerca está la playa de Guarda de Embaú, que parece que es una de sus playas favoritas.
En un restaurante que preparan “torradas catalanas”, una de las dueñas, Paula, una enamorada de Barcelona, me dice que hay un malagueño, Jose, que lleva en el pueblo desde noviembre. Le digo que si lo veo, le invito a una caña. Le llama al móvil, pero está en cama resfriado, porque la tormenta del martes le pillo de camino. Una pena porque me hubiese gustado conocerlo.

Al final, me quedé más de lo que pensaba. El jueves me volví para Florianópolis y me aloje en el hostel de mochileros. De noche, se forman varios grupos. De un lado, los latinos (brasileños, argentinos y españoles) que son los que montan el jolgorio, compartiendo botellas de alcohol. Los no latinos por otro lado en varios grupos, algunos viendo películas en su propio ordenador, y un asiático que se calienta una sopa de noddles y no levanta la cabeza de su netbook. Una vez más, a pesar del buen rollo, esa noche me confirma lo lejos que estoy ya de los veinteañeros y sus bromas.

Mañana sábado vuelo a Rio de Janeiro y el martes por la noche a Nueva York. Un brindis por Pedrinho y por los “ángeles” españoles que me han solucionado un problema con las tarjetas.
Hotel Mercure Lindacap. Florianópolis. 26 febrero 2010.

martes, 23 de febrero de 2010

OSTRADAMUS


Mi hermano Diego se fue el sábado, después de una semana intensa. Yo me he ido a Praia do Rosa que está a unos cien kilómetros de Florianópolis hacia el sur, pero ya en el continente, entre Garopaba e Imbituba. A ella me referiré en el próximo blog, en este voy a seguir un poco más con la semana con mi hermano.
Fotos hay pocas. Por seguridad y para no parecer turistas muchas veces hemos salido sin cámara. Una pena en el sambódromo. Además Diego no se ha traído el cable para descargarlas al ordenador. Ha quedado en mandármelas por correo, pero es tan manitas informático como yo.

Para variar un poco de playa, ¡qué cansado es descansar!, nos fuimos a Blumenau que está en el interior. Para llegar sufrimos los autobuses “pinga pinga”, que hacen paradas intermedias. El viaje, que puede hacerse en dos horas y medias, duró cuatro y media, con el único aliciente de que conforme nos acercábamos iban subiendo más brasileiras alemanas.
Blumenau es la ciudad alemana por excelencia de Brasil. Gramado era un pueblito turístico, pero esta es una ciudad con más de 400.000 habitantes. Es famosa por su Oktoberfest, que, según dicen es la segunda fiesta más importante después del carnaval. La ciudad tiene un centro histórico muy cuidado en el que se pueden ver las casas y mansiones de los primeros pobladores, aunque el museo de la cerveza es bastante flojo. Pero para mi lo más espectacular es la selva que la rodea y que se mantiene en parques dentro de la ciudad y en las riberas del rio Itajaí-Açú que cruza la ciudad. Allí vimos dos capibaras, que son los roedores más grandes del mundo (cara de rata y cuerpo de cerdo).
La pena es que vamos mal de tiempo y no nos quedamos el tiempo suficiente para hacer alguna excursión, ya que hay parques grandes en la propia ciudad y rutas de senderismo a poca distancia. Una comida curiosa es una especie de merienda-cena en el Café Colonial, que es el café de nuestro hotel (Hotel Gloria). Por 22 reales (9 €) había un bufé libre de picoteo salado y tartas. El sitio era el punto de reunión de la ciudad, con la gente más arreglada y comprobamos como se mantiene la sangre alemana en la zona. ¡Qué rubias!

El viernes conseguimos quedar con un contacto que traía Diego. Paula es amiga de una compañera del hospital. Es carioca (de Rio), pero trabaja como fotógrafa en Florianópolis. Es una enamorada de Málaga, donde estuvo el año pasado. Después de contarle lo que ya habíamos hecho, decide llevarnos al sur de la isla, a comer ostras a Riberao da Ilha. El restaurante que elige, el Ostradamus, es impresionante. Comemos en un muelle encima del mar y nos ponemos tibios de ostras: naturales, cocidas, gratinadas, con mango y gengibre,…Un auténtico homenaje.

Yo no he estado en Arcachon, pero desde aquí lanzo un desafio a mi amigo, afrancesado, Jean Phillippe Buhigas. Las ostras de Santa Catarina a lo mejor no tienen tanta variedad como las francesas, pero yo apuesto a que son mejores. Un sitio tan natural y un paisaje tan espectacular deben dar un producto mejor que la decadente Francia. ¡Ahí va el guante! Ya encontraremos jurados independientes que puedan desplazarse a los dos sitios y decidir este reto.

Por la noche no puede acompañarnos por trabajo, pero por la tarde nos da una vuelta por las zonas que no habíamos visto de la isla y nos enseña su casa, donde nos damos un bañito en su piscina. Una pena no haberla contactado antes, porque el domingo de carnaval celebró su cumpleaños y terminaron la fiesta en su casa con un chapuzón.
Pousada Halliny do Rosa. Praia do Rosa. 23 febrero 2010.

domingo, 21 de febrero de 2010

CAMARAO DA ILHA


A la isla de Santa Catarina aquí la llaman “ilha mágica” o “ilha bela”. La guía Lonely Planet resume este destino como “Grandes olas, una bulliciosa vida nocturna, deliciosas ostras, playas desiertas, pintorescos pueblos de pescadores y mucho más”. Desde luego, no parece mal sitio. En las próximas líneas voy a intentar explicar qué es ese “mucho más”.
La isla es alargada. Tiene unos 150 kilómetros de largo y unos 18 en su parte más ancha, y más de 40 playas, bastante diferentes. Tiene una gran laguna, Lago do Conceiçao en el centro, y otra más pequeña en el sur.
Ya el primer día decidimos alquilar un coche un par de días para conocerla y para decidir en qué zona buscar alojamiento. Con el tiempo descubrimos qué nos equivocamos, ya que durante el carnaval la isla está hasta los topes y se producen bastantes atascos. La carretera que cruza el lago central es el peor punto y recuerda algo a La Manga. Debimos quedarnos en la ciudad durante la mayor parte del carnaval y pasar a la isla cuando se ha ido mucha gente y recorrerla es un auténtico gustazo.

Nosotros hicimos el recorrido en plan circular desde Florianópolis hacia el norte el primer día y empezando por el oeste para terminar en el este donde están las mejores playas. En el oeste están los pueblos que fundaron los primeros pobladores portugueses. Eran fundamentalmente pescadores y balleneros de las Azores. Ahora son las peores playas, pero son pueblitos tranquilos, más cuidados y la vista es muy relajante; parece como una gran laguna rodeada de montañitas e islitas con una luz neblinosa. En San Antonio de Lisboa cayeron las primeras ostras en un chiringuito pegado al mar.
Luego fuimos a las playas más turísticas: Jureré, Canasvierias, Lagoinha y Praia Brava. Para un español no son nada del otro mundo; muy turístico (sin bloques, ni adosados) y poca arena, llena de gente. De ellas la mejor con diferencia Praia Brava, que ya da al este, al mar abierto. Allí dimos un buen paseo playero, pero no sé por qué mirábamos más hacía el interior. Buen nivel.
Por la tarde, descubrimos Barra de Lagoa, que es un pueblito pequeño de pescadores, al final del Lago Conceiçao. Tiene buena playa, que conecta con la de Mozambique, la más salvaje. Allí los hostel estaban llenos y cogimos un hotelito.
El segundo día fuimos hacia el sur. Empezamos Pantano do Sul, comiendo en el Arante, un restaurante lleno de mensajes pegados a la pared y techos, que viene de los primeros surferos que los ponían para comunicarse, cuando no había móviles. Luego siestecita a la sombra de los árboles en la playa de Armaçao, la de la foto, que estaba bastante desierta, y nos asomamos a la de Campeche, antes de terminar en la de Barra, nuestra casita.

En otros días, hicimos excursión a la playa de Joaquina (Joaca para los amigos) que tiene unas dunas enormes en las que se hace sandboard, chorrándose con tablas de snow por la arena. Entre la playa de Barra y Joaquina está Praia Mole, que es la Ibiza de aquí, la marchosa. No entramos, pero si sufrimos los atascos que provocaba, especialmente en carnaval, con las fiestas de DJs, mañana y tarde.

Desde Barra hicimos una excursión muy simpática a Costa de Lagoa, que es un pueblito pequeño en el lago, al que solo se puede llegar andando o en barco. Esta zona está llena de chalecitos (y chaletazos) con sus muelles de atraque. El barquito paró un par de veces para bañarnos y al final nos dejó en un restaurante donde tomamos el plato estrella de la zona: Secuencia de Camaroes (gambas). Bafos, alho e olheo, milanesa y filete de peixe con molho do camarao, es decir, cocidos, con ajo y aceite, empanados y un pescado a la plancha con salsa de gambas. Nuestra comida típica son los camaraos milanesa con una botella de cerveza helada, que tapan con un protector de plástico para mantener el frío, lo que le da un aspecto de botella de lejía amarilla.

Cuando termina el carnaval, las playas quedan más tranquilas y es más fácil moverse por la isla. Decidimos mudarnos aunque fuese solo una noche a un hostel que nos había gustado, Barra Beach Club, que está en el mismo pueblito, pero al otro lado del río, cruzando un puente elevado de hierro. Da a una playita preciosa llena de vegetación, la prainha. Allí nos pegamos un baño estupendo, una tarde que empezó a llover y se había quedado vacía. La playita pide fiestecita, pero en el hostel avisan en una nota que la gente no está acostumbrada a que la gente se bañe desnuda.

La isla está llena de argentinos y uruguayos. Familias y jóvenes que se pagan las vacaciones con lo que “laburan” allí. A nosotros nos resulta más fácil comunicarnos con ellos que con los brasileños, aunque la gente local es muy amable y la zona en general muy segura.
El ambiente nocturno está claramente en Lagoa de Conceicao, con pubs a la española y calles llenas de gente. Muy agradables los sitios con música en vivo, con coletazos del carnaval todavía.

Ilha Bela, Ilha Mágica, aunque hay que elegir bien la playa. Hay para todos, desde el marchoso ibicenco al surfero más alternativo.
Hotel Mercure Lindacap. Florianópolis. 21 de febrero 2010.


miércoles, 17 de febrero de 2010

VENTO ENCANADO

Florianópolis, Floripa para los amigos, es una ciudad cortada en dos: el centro histórico y una especie de Paseo Marítimo (Beira Mar) están en la parte central de la Isla de Santa Catarina. La parte más industrial está al otro lado en el continente. Están unidas por dos puentes: uno colgante, más bonito, el Hercilio Luz, que ya no se usa, pero su iluminación de noche es una de las fotos características de la ciudad. El otro puente es más moderno y funcional.
El centro histórico es pequeño, pero está bastante cuidado. Pero lo más destacable es la Isla. Está llena de lagos y colinas, con un gran lago central, Lago do Conceiçao, en la parte central. A la isla y a sus playas dedicaré otro blog, porque…es carnaval.

El primer día en Florianópolis coincide con el comienzo del carnaval. El carnaval dura 4 días (sábado a martes), pero en la práctica se extiende de viernes a miércoles. Yo llego en autobús desde Porto Alegre con más de tres horas de retraso por obras en la carretera y por el tráfico. Mi hermano está esperando en el hotel, todavía con el jet lag encima. El ya ha dado una vuelta por el centro y salimos a recibir el carnaval, que en teoría empieza en la madrugada del sábado a las cuatro de la mañana.

A mi me había contado una brasileña de Curitiba, que el carnaval sólo se vive en unas pocas ciudades, que en el resto se organizan fiestas privadas por grupos de amigos, además de los espectáculos que organizan las discotecas y bares. Ni en Porto Alegre, ni en la Sierra Gaucha, vi ningún preparativo de carnaval. Pero Diego ya ha dado una vuelta por el centro y dice que sí se ve algún jaleillo. Primero vamos a cenar a un sitio tradicional en el Mercado Público, el Box 32. Picamos algo por los pelos porque casi están cerrando. Luego en el mismo centro, en un callejón al lado de la catedral, vemos una especie de fiesta privada. Preguntamos y nos dicen que para entrar, tenemos que comprar las camisetas del bloco de samba, Vento Encanado, pero que sólo dura hasta las 11 de la noche.
Así que por 60 reais (unos 23 €) nos hacemos “Amigos de la Espiga”, porque casi parece una caseta de feria y empezamos con la samba. Desde un escenario canta Vento Encanado y lo acompañan los tambores desde abajo:

É carnaval
Na ilha da magia
Com o vento encanado
Ninguém vai ficar parado

Vento encanado significa cruce de vientos o vientos enfrentados, aunque seguramente exista un término marinero más preciso en español; a ver si Pepelu lo sabe. El ambiente es totalmente de caseta, con mucho brasileño con pinta de alemán. Se forman congas y algún “Paquito el Chocolatero” y hasta las personas mayores se dejan llevar por el ritmo. Allí vemos nuestros primeros bumpas bailongos, sobre taconazos, sobre plataformas o con simples hawaianas.

Vai soprar felicidade
Sacudir essa cidade
Deixa o vento te levar
A brisa da noite
Faz meu Coraçao
Viver esse amor, essa paixao

La “caseta” termina pronto y nos vamos a la plaza central donde hay un escenario con actuaciones.

Pero el carnaval de verdad empieza el sábado. En Floripa hay un pequeño sambódromo y nos vamos a la reventa. Participan 5 blocos de samba; 4 carrozas y unas 300 personas cada uno, con diferentes tandas de disfraces. Tardan unos 45 minutos en pasar, pero el problema es que casi pasa una hora entre uno y otro. Para mi gusto, los disfraces llevan mucha ropa y poco “hilo dental”.
Aquí el parecido es mayor con las procesiones de Semana Santa, especialmente al terminar cuando se ven cientos y cientos de personas, cansadas y con sus disfraces a cuestas, y a los amigos y familiares que van a recogerlos con un bocadillo y una bebida.

Ya el lunes por la noche, en Barra de Lagoa, el pueblito de la isla al que nos hemos ido de playitas, vemos por la noche el carnaval de barrio. Un camión adornado de aquella manera, con cuatro mulatas y un cantante incansables, y todo el pueblo detrás siguiendo el ritmo y la música.
Hotel Ilha Bela. Barra do Lagoa. 17 febrero 2010.

sábado, 13 de febrero de 2010

FONDUE CON HORTENSIAS


Ayer viernes me encontré con mi hermano en Florianópolis, que es la capital del Estado de Santa Catarina y está en el acceso a una isla llena de playas. Por fin se ha animado alguien a acompañarme en una etapa de este viaje. En los días anteriores pensé que podía ser una buena idea ir a la Sierra Gaucha, que es una zona turística cerca de Porto Alegre, tranquila y seguramente más fresca.
Como este viaje llevo preparándolo bastante tiempo, he recopilado muchos artículos sobre países que podía visitar. Sobre la Sierra Gaucha, tenía uno, publicado en el suplemento El Viajero de EL PAIS, que se llamaba “Fondue con araucarias”. Me llamo la atención el título, pero sobre todo la descripción de esta zona de la que yo no había oído hablar nunca.
El autobús desde Porto Alegre tarda unas dos horas y media en llegar a Gramado, mi primera etapa. Ya desde el principio me llama la atención el paisaje, verde y fresco, parecido al que rodea a Buenos Aires, pero muy diferente al que me he acostumbrado a mirar desde el bus. Pero al último tramo, a partir de Nova Petrópolis, le llaman la Ruta Romántica. Según se va ascendiendo, entre bosque y valles llenos de araucarias, la carretera se va estrechando y aparecen cortados de roca, llenos de vegetación y de agua que va descendiendo, formando alguna pequeña cascada.
Ya más cerca de Gramado aparecen las flores, especialmente las hortensias. No son arbustos aislados, como he visto en Galicia, son laderas de montañas llenas de hortensias. La pena es que florecen en noviembre y en esta época la mayoría están secas y han perdido su color, quedando sólo unas pocas.

Esta es una zona de repoblación de alemanes e italianos. Gramado es un pueblo de más de 30.000 habitantes, especialmente cuidado. Esta hecho un pincelito, con casas de estilo alemán y suizo, con adornos de flores en cada esquina. Ahora es temporada baja, los brasileños vienen aquí en invierno para ver la nieve. Es muy turístico, pensado para familias y para parejas románticas. Para familias, tiene todos los museos que uno pueda imaginar: del chocolate, del perfume, de cera, del vapor, zoo, casa de Papá Noel,... No sabe nada, Papá Noel, así que además de la casa en Finlandia tiene otra aquí. Todo un poco en plan Disney. En el Museo del Vapor, en la fachada, una locomotora cae del primer piso, reproduciendo un accidente famoso que ocurrió en una estación de Paris. No obstante, yo agradezco el ambiente tranquilo y que el termómetro haya bajado a unos 25 grados. Muy bonito es el Lago Negro, con árboles traídos de la Selva Negra alemana y totalmente rodeado de hortensias; en noviembre debe ser ya espectacular.
La comida, además de la típica brasileña, incluye masas (pastas), pizzas y fondues. Hay de queso, carne y chocolate. Para que puedas probarlas todas hay “rodizios” (buffé libre) y “secuencias” (una detrás de otra) de fondues. También hay vinos, de los pioneros italianos, en un pueblo cercano, Bento Gonçalves.

En Brasil, Gramado es famoso por un festival de cine que se celebra en agosto, en pleno invierno. Al revisar el palmarés veo que han premiado “Un lugar en el mundo”, “Morango e chocolate” y “Los lunes al sol”, por lo que no parece que tengan mal gusto. El premio es Kikito, cuya cabeza es un sol sonriente y el cuerpo como de oscar. También organizan Natal Luz, que es un espectáculo de iluminación y de adornos en el pueblo, que dura toda la Navidad.

Canela es un pueblo un poco más pequeño que está muy cerca. Está cuidado y tiene muchas flores, pero no tiene el encanto de Gramado. Si le gana en la iglesia, la Catedral de Pedra, en estilo Gotham (gótico Batman). Desde Canela hay una excursión recomendable al parque del Caracol, en el que una escalera de 750 escalones (como unos 45 pisos, avisan) te lleva hasta la caida de una impresionante cachoeira (cascada).

En Brasil, tengo una dificultad adicional. No sé si porque ha entrado agua o por qué, en la cámara de fotos, no funciona la pantalla, aunque sigue haciendo fotos. De manera que ahora veréis encuadres más vanguardistas y enfoques más modernos. Es un poco como en esa película de Woody Allen que un director se queda ciego en un rodaje y luego la crítica dice que es su película más audaz. Un suizo que lleva unos siete meses por Latinoamérica dice que ya lleva tres cámaras; la última se la robaron hace unos días en el carnaval de Montevideo, dándole un manotazo.
Hotel Mercure. Florianópolis. 13 febrero 2010.

miércoles, 10 de febrero de 2010

O FILHO DO BRASIL

Ya estoy en Brasil desde el sábado por la noche. Mi idea es moverme por el sur de Brasil y volar a Nueva York a principios de marzo.
Mi primer destino es Porto Alegre. Esta es la parte gaucha de Brasil, de donde son Ronaldinho y Xuxa. Cuando un brasileño me pregunta si conozco músicos brasileños, yo siempre, de broma, les digo que sí y que la que más me gusta es Xuxa, lo que les cabrea un montón porque están orgullosísimos de su música, del MPB (Música Popular Brasileira), es decir, Caetano Veloso, Chico Buarque, Gilberto Gil,… pero también de muchos cantantes jóvenes desconocidos en España. Es una zona con muchas similitudes con Argentina: la carne (churrascos y picanhas) y el mate, aunque aquí la calabaza, el “cimarrao”, es “king size”.

Mi experiencia brasileña hasta hora se limitaba a Salvador de Bahía en el nordeste. Creo que estuve en 2004 o 2005. La ciudad preciosa y con mucha personalidad, el Brasil africano, puro Caribe (muy lejos del mar Caribe) y unas playas espectaculares. Mucha música (Caetano Veloso, Ivette Sangalo, Carlinhos Brown y la Timbalada,…) y poco futbol; creo recordar que el equipo de futbol estaba en tercera división. Pero un problema, la seguridad. Yo elegí precisamente un hotel en la Playa de Itapuá, como a media hora en taxi del centro, precisamente por la canción de Vinicius de Morais (Tarde em Itapuá). Pues bien, aunque el hotel estaba unos diez minutos andando del pueblo de Itapuá, había que ir en taxi porque había que atravesar unos descampados. Una pena. Así que para mi recorrido he elegido el sur, el Brasil en principio más seguro.

Tengo otros problemas. Primero el idioma. Los brasileños entienden perfectamente el español, y yo he conversado con brasileños y nos hemos comunicado sin problemas. Pero no es lo mismo. Cuando hablan dos brasileños no me entero de nada y en conversaciones más complejas me pierdo los matices. Segundo, que Brasil es más caro. Por lo pronto en los primeros días me encuentro con menos turistas. Tercero el tiempo. Me han avisado que es la peor época para ir a Brasil, que me prepare para más de 30 grados todos los días y lluvia. En Argentina me escapé a la Patagonia, aquí intentaré afrontarlo mezclando playa y montaña.

Porto Alegre por lo pronto me ha defraudado. Mira que le tenía simpatía: el presupuesto participativo, el Foro Social Mundial,…La ciudad es grande, con un millón cien mil habitantes; la cuarta de Brasil. Es domingo y me voy en taxi al centro, al Mercado Público, y la ciudad arde con unos 35 grados. Todo vacío y la mayoría de los restaurantes cerrados. Me dicen que está todo el mundo en la playa. Es como un domingo de agosto en Madrid hace años.

Se nota que el Estado y la ciudad son ricos. Los edificios históricos (el Mercado, el Ayuntamiento, los Museos,…) están muy bien restaurados y muy cuidados. Pero el MARGS – Museu de Arte do Rio Grande do Sul está casi vacío. Pinchando una pantalla táctil, están a la última, me entero que en un centro cultural que está al lado empieza la película sobre Lula en un cuarto de hora. Plan perfecto para escapar del calor, peliculita con aire acondicionado.
Por lo visto, escribieron un libro con su biografía, que ha sido un superventas y luego hicieron la película. De todos modos, resulta raro ver una película hagiográfica sobre un Presidente de la República en ejercicio. Los créditos destacan que no ha recibido ninguna subvención pública, aunque se ha hecho con el patrocinio de las grandes empresas (Petrobras entre otras).

La historia es realmente de película. Yo no sabía que su primera mujer y su hijo murieron en el parto y luego se caso con Marisa, que había quedado viuda y con un niño, casi al mismo tiempo. De todos modos, yo tengo debilidad por Lula.

La película me sirve para demostrarme que puedo entender el portugués (brasileño) perfectamente y me animo a comprar un libro de Jorge Amado y otro de un tal Moacyr Scliar, que es un novelista actual de Porto Alegre que me recomiendan en la librería.

Porto Alegre tiene otras muchas cosas que ver. Esta al borde de un gran lago, el Lago de los Patos, pero hace falta un coche y no estoy por hacer un city tour turístico. El lunes vuelvo al centro y parece otra ciudad, llena de gente y de tráfico. De todos modos yo ya estoy decidido a irme a la Sierra Gaucha, donde espero que haga menos calor.

Cuelgo la dirección de ”Tarde em Itapuá” que es una canción que siempra me ha transmitido esa sensación de buen rollo que espero encontrar en Brasil.

http://www.youtube.com/watch?v=gfwCMV-MkA4&feature=related
Hotel Vovo Carolina. Gramado. 10 febrero 2010.

sábado, 6 de febrero de 2010

NOCHES PORTEÑAS


Buenos Aires me recibe como un país tropical, con lluvia casi todo los días y alguna tormentilla. Algunos dicen que siempre llovió en verano y otros que es el cambio climático. En todo caso me he librado de varios días de calor pegajoso de casi cuarenta grados. Llueve pero al menos refresca algo la cosa.

El primer día en Buenos Aires empieza mal. Me paso casi una tarde para conseguir una guía Lonely Planet de Brasil. Ni mi querida librería Ateneo, ni librerías especializadas. Hay guías de casi todos los países, pero las de Brasil (y Perú) han volado. Una agencia de viajes que me habían recomendado me manda unas ofertas de precios, que son un 20% superiores a las que cualquiera (yo por ejemplo) puede encontrar en internet. Tengo que ir preparando el viaje a Brasil y la entrada en Estados Unidos para principios de marzo, por si se han endurecido las condiciones.

Los siguientes días todo cambia, a pesar de la lluvia. Primero, funciona perfectamente el internet del hotel, lo que me permite avanzar en mis temas pendientes. Aunque se anuncia como Internet de alta velocidad en las habitaciones, ya me ha jugado varias. Por otro lado, contacto con varios amigos de amigos, lo que me permite despedirme de la ciudad con dos noches porteñas muy agradables. En Buenos Aires, a diferencia de Santiago, no conocía a nadie directamente.
Luis, un compañero de mi primo Juan, me lleva a Don Julio, una parrilla tradicional en el barrio de Palermo. Prefiero no pesarme después de este mes y pico en Argentina.

En principio, no tenía previsto ir a un espectáculo de tangos. Ya fui a uno en 2003 y pensaba que hago yo solo en una mesa de 8 o 10 personas. En mi hotel, sobre las nueve de la noche, el hall se llena de brasileños arregladitos (fuera chanclas hawaianas) esperando que el bus turístico los venga buscar para la cena con tango.
Silvina, una amiga de una amiga de Madrid, me convence para ir a un local, “Clásica y Moderna”, que es más para porteños. Actúan tres viejas damas que ya hicieron ese mismo espectáculo, “Tres mujeres para el show”, hace treinta años. El local es pequeño lo que permite una mayor cercanía. Las tres hablan con el público entre canción y canción y agradecen la presencia de conocidos.
Amelita Baltar, la de la izquierda, canta tangos de Astor Piazzolla y protagoniza un momento gracioso de la noche. A mitad de actuación se da cuenta de que se ha puesto el vestido al revés y que el “escote” de la espalda, más pronunciado, lo lleva por delante. Con sus tablas, sonríe divertida al público y avisa que “nadie se asuste si de pronto asoma algo”.
Marikena Montes, la de la derecha, tiene el repertorio más internacional con su punto fuerte en la Piaf. Cuenta una anécdota de Marilyn Monroe que yo no conocía. Le preguntaron qué era lo que más le gustaba en la vida y ella contestó: “un whisky antes y un cigarrillo después”. No está mal. Sobre la base de esa respuesta alguien compuso una canción.
Pero para el final queda la mejor, Susana Rinaldi, con sus tangos llenos de fuerza y de emoción. Vale la pena luchar y existir, dice uno de ellos, después de confesar sus 74 años. Todo un temperamento de mujer.
Me quedo con ganas de ir a algún teatro. La cartelera empieza a llenarse de estrenos, después de las vacaciones de verano, pero tengo que continuar viaje.

La foto que adjunto es un sitio que me ha hecho gracia. Es un kiosko que está en la calle Maipú con Paraguay. El cartel no se ve bien, pero dice “La esquina de Cachito” – “El gran Canillita amigo. Compañero - futbolero – tanguero, te recordaremos por siempre!!! Tus amigos del barrio y bares”. Debió ser todo un personaje.
Hotel Holiday Inn. Porto Alegre (Brasil). 6 febrero 2010.

jueves, 4 de febrero de 2010

LA COMARCA DEL BOLSON


Los nombres de “La Comarca” y “El Bolsón” no sé si los puso un admirador de “El Señor de los Anillos”, pero en todo caso son muy anteriores a la película. Entre los Andes y el cerro Piltriquitron (en mapuche, el que cuelga de las nubes) se forma un valle muy fértil, lleno de pequeñas chacras dedicadas a cultivos orgánicos, lúpulo (para la cerveza) y frutas. Por el valle circula el río Quemquemtreu (en mapuche, piedra que rueda). El Bolsón es el pueblo principal, tiene unos 13.000 habitantes y está a unos 120 kilómetros al sur de Bariloche. La Comarca incluye otros pueblitos cercanos (El Hoyo de Epuyén, El Maitén,…).

En los años 60 y 70 vinieron muchos hippies, que se sumaron a los mapuches y a los colonos que ya habitaban la zona. Según un escritor local, “la idea original que los movía era la convivencia en grupo y llevar adelante el amor a la naturaleza, la comunidad de intereses y volver a la tierra, el abastecimiento y la paz interior”. En 1991 El Bolsón fue declarado Municipio Ecológico y Municipio No Nuclear. También hay muchos carteles de Ciudad Libre de Humos (por el tabaco), aunque por la calle he visto gente fumando cosas más fuertes.

La zona es muy bonita y se ve muy próspera. Está llena de cabañas para los turistas y hay muchas excursiones por los alrededores. Yo hice los senderos del Lago Puelo: el mirador, el jardín botánico y el Bosque de Sombras. No pude ir al Bosque Tallado, en el que aprovecharon los troncos de un bosque de lengas que se quemó.
El pueblo tiene un ambiente bohemio y muy creativo. Allí he coincidido en el hotel con una profesora catalana, que está alucinada con la vida cultural y ha decidido convertirlo en campamento base durante unas semanas. En los pocos días que lleva ya ha visto una obra de Bertold Brecht y un concierto de instrumentos exóticos (cuencos tibetanos y trompas australianas). Con ella voy a una obra de teatro del absurdo en una pequeña carpa de circo. La profesora dice que es la primera vez en Argentina que, cuando dice que es de Barcelona, no le preguntan por el Barça, sino por Manu Chao.

Hay ferias de artesanía (objetos de madera, piedras patagónicas, arreglos de flores,…) y muchos jóvenes alternativos. El ambiente es relajado. Por la noche volviendo al hotel vi una actuación de rock en un bar con quince personas y el domingo en el parque un grupo ensayaba jazz con batería y todo, mientras la gente se tumbaba alrededor a escuchar.

Una de las guías que traía de España prácticamente se limita a mencionar El Bolsón, como una de las excursiones desde Bariloche, pero a mi me parece todo un descubrimiento. La pena es que ya tengo que ir apurando para ir a Brasil. A Perú ya no iré, ya que en Chile y Argentina he estado más de lo previsto y, sobre todo, después de lo que ha pasado en Machu Pichu por las inundaciones. No sé en España, pero aquí lo han seguido mucho porque había cientos de jóvenes atrapados en esta época de vacaciones. Mi idea inicial era haber estado en Perú en febrero.

De El Bolsón fui a San Carlos de Bariloche, para tomar un avión a Buenos Aires. En autobús son unas 22 horas de viaje y me parecía una paliza. Tengo sólo unas horas en Bariloche. Ahora está llena de turistas veraniegos, a diferencia de cuando había estado después de cruzar los lagos. Dicen que en invierno vienen tantos brasileños a esquiar que le van a cambiar el nombre por Brasiloche.
Hotel Rochester. Buenos Aires. 4 febrero 2010.

miércoles, 3 de febrero de 2010

RUTA 40


Después de hacer la Ruta 3, pegada al mar, me decidí a subir por Ruta 40, que va pegada a Los Andes. La ruta entera empieza en el mar, en el cabo Vírgenes (a la entrada del Estrecho de Magallanes, cerca de Río Gallegos), pero luego se mete hacia el interior en El Calafate y llega hasta La Quiaca, cerca ya de Bolivia.

Es la típica ruta de moteros. Es más mítica todavía que la Ruta 3, porque en su mayor parte es de ripio, es decir, de tierra y piedras, y pasa por regiones bastante desoladas, un poco al estilo del salvaje oeste. Su longitud total es de unos 5.000 km, de los que yo he hecho sólo unos 1.400, entre El Calafate y Bariloche, aunque es la parte más famosa porque es la que atraviesa muchos parques nacionales.

Salvo que se haga en vehículo propio, sólo hay dos formas de viajar. Al estilo argentino, en que se viaja de noche; de ese modo, se ahorra una noche de hotel y se va más rápido. La otra es contratar con Chaltén Travel, que está pensado para turistas y viaja de día, lo que al menos permite ver el paisaje. Es lo que yo hice. El problema es que ellos programan las paradas y alojamientos, en sus hostel, por lo que yo, que intentaba ir a mi bola, tuve algunos inconvenientes.

Primer tramo El Calafate / El Chaltén. Es corto y está todo asfaltado. Problema que “su” hostel, Rancho Grande, está lleno (las pocas plazas que quedaban las llenan los pasajeros de mi bus que tienen reservas) y tengo que recorrer el pueblo cargado con mi mochila a buscar alojamiento. Gracias a Dios es pequeño, pero cuando llego a la Hostería Los Ñires me importa un pimiento que el WI FI esté roto.

Segundo tramo. Salida de El Chaltén a las 9:00 y llegada a Perito Moreno a las 22:00. Me avisan de antemano que su hostel está lleno, pero me intentarán gestionar una habitación en otro hotel (solo hay dos más), aunque puede que sea en dormitorio compartido. Me dicen que no me preocupe que seguro que encuentro una solución, que no voy a dormir en la terminal de ómnibus (entre otras cosas, porque no hay terminal). Uno de mis compañeros de ruta me tranquiliza diciéndome que en el peor de los casos dormiría con una familia. No había reservado la salida para el día siguiente a Bariloche, porque no tenía claro si quería quedarme un día por la zona y conocer la Cueva de las Manos (pinturas rupestres) y Los Antiguos. Si lo hago, como el bus sale cada dos días y el 31 descansan, me tengo que quedar tres y no parece muy atrayente. Finalmente cedo y entro en el juego. Duermo donde me digan y al día siguiente salgo para Bariloche, aunque me quedo un poco antes en El Bolsón. Finalmente fui el único que tuvieron que llevar a una cabaña a un kilómetro y me recogieron a las 7:45.

Este segundo tramo fue el más divertido. Voy en primera fila y me tocan compañeros habladores. El copiloto, nacido en de El Bolsón, que, entre siesta y siesta, le va preparando los matecitos al conductor. Un canadiense de origen hindú que está haciendo proyectos de voluntariado de energía solar en el norte de Argentina. Una pareja de neoyorquinos que llevan 5 años de guías turísticos (montañeros) en los glaciares de Chile, en un sitio perdido, el río Baker (que aquí pronuncian como si fuese vaquer). Marcelo, un agricultor chileno, me cuenta su historia que refleja muy bien la diferencia de carácter con los argentinos. Él se ha criado en Argentina, en los Antiguos, pero vive en Cochrane (Chile). Es consciente de que en Argentina tendría más oportunidades, porque los chilenos tienen más iniciativa (él lleva trabajando desde los ocho años), pero quiere que su hijo, de cinco años, reciba la formación en Chile, que es más exigente (no se repite con asignaturas pendientes,…) y tenga las oportunidades que él no tuvo.
Además, las paradas son en sitios increíbles, como en La Estancia La Siberia o en Bajo Caracoles, que Bruce Chatwin en su libro “En la Patagonia” define como “un cruce de caminos insignificante cuyas carreteras en todas direcciones no conducen a ninguna parte”; no ha cambiado mucho aunque hayan pasado varias décadas.

El tercer tramo es un peñazo. Voy en la última fila, sin nadie al lado, junto al servicio y delante una francesa que no se quita su i-pod. Ni Labordeta hubiese podido pegar la hebra en esa situación. Para colmo las paradas son en gasolineras YPF. Casi todos los del bus son mochileros, con bajo presupuesto, duermen en hostel en dormitorios compartidos (60 pesos argentinos - 11,2 €) y comen lo que compran en supermercados. Hay muchos israelíes, que se toman un año sabático, después del servicio militar (3 años ellos; 2 ellas); “son bien bravos”, me dice la señora de una lavandería.

En esta zona, en que la naturaleza es tan dura rige todavía una especie de fraternidad ancestral. Los conductores se saludan (salvo que sea un turista con coche alquilado o un motero que no se atreve a levantar la mano por el ripio) y, cuando hay un coche parado, de desacelera para ver si necesita ayuda. Hay una anécdota muy buena al respecto. Si alguien en la ruta tiene que matar una oveja para comer, es algo totalmente aceptado, siempre que deje en la alambrada la piel y el cuero, lo que demuestra que no la mató para lucrarse, sino por necesidad.

Poco a poco los kilómetros de estepa se van haciendo más verdes y con matorrales más altos, hasta llegar a convertirse en bosques. La Patagonía para mí siempre será esa imagen. Una gran “T”. El palo vertical, la carretera que se va estrechando y se pierde en ningún sitio en el horizonte. El palo horizontal, el cielo, de un azul intenso cunado no hay nubes. Nada a un lado y nada a otro, con sus cercas de alambre, y todo visto a través de un parabrisas quebrado por un chinazo. De banda sonora, el viento. Solo muy de tarde en tarde una manada de guanacos, con sus elegantes carreras, un grupo de ñandúes, o unos caranchos que picotean un conejo atropellado en la carretera. Después de tantos días uno tiene que despedirse así, lentamente, lentamente, como en una cámara de descompresión.
¡Adios a la Patagonia seca, quién sabe cuando volveré a estas tierras!
Hotel Rochester. Buenos Aires. 3 febrero 2010.

lunes, 1 de febrero de 2010

MONTE FITZ ROY





Lo primero, felicitar a Miguel por su venida al mundo. A los padres les voy a disculpar como seguidores del blog, porque ahora van a estar bien entretenidos.

De El Calafate a El Chaltén, capital nacional del trekking. Este es un pueblecito pequeño que se ha desarrollado como base para las excursiones de montaña. Desde aquí se escalan dos montañas míticas para los alpinistas el Fitz Roy y el cerro Torre que es afilado como una aguja y todo un reto para los especialistas. El macizo es primo hermano de las Torres del Paine.
Chalten en lenguaje indígena significa “montaña humeante” y es como ellos llamaban al Fitz Roy. No es un volcán, pero agarra las nubes y suelta polvo de nieve, que manera que, cuando se ve, efectivamente parece que humea. Digo cuando se ve porque es como el volcán Osorno de Chile. En un día despejado domina de tal manera el horizonte que parece un cuadro. Pero los dos días que estuve yo, solo se veían nubes. Solamente la mañana que me iba se dejo ver casi completo. Una foto es mía, desde el autobús, y la otra es tal y como aparece cuando se deja ver de verdad. Una pequeña diferencia.

El pueblo se fundó en 1985 para asegurar la soberanía argentina. De hecho es la única zona donde todavía hay discusiones. En un mapa grande está zona aparece enmarcada en un cuadrito extraño, porque las fronteras no están totalmente delimitadas. El pueblito es muy pequeño y el ambiente muy joven de escaladores y mochileros. Los argentinos lo recomiendan porque se pueden hacer varias excursiones sin necesidad de guía y, por tanto, de pagar dinero; están obsesionados con lo cara que es la Patagonia. En otras excursiones, la dificultad es alta y, en otras directamente, recomiendan avisar en la caseta del guardaparques.

A mí me pilló lluvia; el viento siempre está. Así que, cuando escampó un poco, con mi capa impermeable y tratando de no hacer vela, me lancé a por los senderos fáciles. El del cóndor, el de las águilas y el mirador al cerro Torre, aunque ya era consciente de que sólo iba a ver nubes. Algún cóndor se dejó ver volando majestuosamente a lo lejos, pero no pude verlos parados en la montaña. En la zona también hay huemules (una especie de corzo que está muy protegido) y pumas, pero es casi imposible verlos.

Algunos compañeros de ruta critican El Chaltén porque dicen que está lleno de porteños (de Bs As), pijos, y que allí no se conoce a la gente de verdad de la zona. En todo caso, el sitio es precioso. Junto a sitios de comida rústicos, hay otros más “fashion” con recetas de gran ciudad, que desentonan en un sitio tan pequeño. Había además una chocolatería vasca (con su ikurriña) y una pulpería (tienda) / bar que directamente se llama la Senyera (como la bandera catalana).

Allí me encontré en la montaña a una guía argentina que había coincidido conmigo en la excursión a Harberton en Ushuaia y luego la había vuelto a ver en la librería de Calafate. Llevaba allí diez años. Te tiene que gustar mucho la montaña, yo, desde luego, ni me lo imagino.

La primera foto es la cabina de teléfonos de El Chaltén en estilo montañero porteño.
Hotel Amancay. El Bolsón. 1 de febrero de 2010.