El macizo Torre del Paine es un grupo de montañas con mucha personalidad, que es un auténtico paraíso para el trekking. El pueblo base para acceder a él es Puerto Natales, aunque hay, aparte de los refugios, algunos hotelitos muy chulos, pero muy caros. Como desde Puerto Natales se tardan dos horas en llegar al Parque, la ventaja de los hotelitos es que ganas mucho tiempo y puedes ver los amaneceres y atardeceres. Veo que todo el mundo es un experto en las rutas: la doble uve son unos 3-4días y el circuito completo unos diez días. La gente tiene planificados el equipo, los tramos y reservas hechas en los refugios. Mi falta de experiencia me desanima. Finalmente, decido no hacer ninguno de los circuitos, lo cual tiene un coste. Para ver las Torres del Paine, propiamente dichas, que son tres montañas impresionantes anaranjadas que suelen salir en las fotos, hay que hacer al menos ocho horas, lo que implica hacer noche en un refugio.
Lo sustituyo por excursiones. Una por mi cuenta en que hago una ruta pequeña, con el primer premio, la visión de los Cuernos del Paine totalmente despejadas de nubes. Son los de la foto y son famosos, porque tienen dos colores, una parte baja anaranjada y una corona más oscura. Las montañas son difíciles de ver sin nubes porque las atrapan literalmente. Otra en grupo que llaman Full Paine, y que permite ver los principales puntos del parque fuera de los circuitos interiores. Especialmente un salto de agua impresionante y el glaciar Grey que deja unos iceberg preciosos, de color celeste (purísima, dirían los toreros) que van a parar al final de un lago. La tercera excursión es en barco para llegar a los glaciares San Rafel y Balmaseda, quizás la mejor de todas. Es un gustazo ponerse en la proa de un cutter pequeño y sentir las olas y el viento mientras se abre camino por unos fiordos impresionantes.
Mi idea inicial era seguir desde Puerto Natales a Calafate y al Perito Moreno, pero me entero que tengo tiempo de coger el Navimag en sentido inverso (de Puerto Natales a Puerto Montt) y llegar a Santiago el fin de semana para despedirme de mis amigos. Este es el viaje que decidí no hacer en Puerto Montt, en un día de crisis, cansado y empapado después de un día de lluvia. Uno de los motivos que me llevan a cogerlo es que todos los que me cruzo, y tienen tiempo, lo van a hacer. Como una catalana que me encontré en Isla de Pascua (venía de Tahití e iba camino de Chile, bonita combinación) u otra americana en Torre del Paine. No siempre el cartero llama dos veces, pero esta si lo hizo; el Calafate podía esperar, ya iré desde Argentina. Así que a las seis de la tarde contrato el pasaje y a las nueve me embarco.
Dos escenas curiosas en Puerto Natales. Una de las excursiones coincide con las elecciones. Nuestro guía hace tiempo hasta que se constituya la mesa antes de ir a votar y para ello sigue las noticias de la radio. Si va votar de los primeros y la mesa no está constituida, le dejan de vocal todo el día. “Y a ustedes quien les lleva”, me dice.
La otra es una de las cenas más raras de mi vida. Me apetecía pedir la famosa centolla magallánica. Primero me dicen que no tienen, pero titubean y me dicen que me van a conseguir una fuera. Al rato veo venir de la calle a un camarero con mi centolla. De postre pido un helado de lúcuma y la misma historia, no tienen pero salen a por él. Toda mi cena vino de fuera.
Hotel Rochester. Buenos Aires. 27 diciembre 2009.







