Primero, no hay autobús directo. En la estación me dicen que tome el autobús a Garopaba. Después de unas dos horas, el copiloto me dice que hemos llegado al cruce con la carretera a Praia do Rosa, que es donde me tengo que bajar. Una vez abajo, nada, un cartel que señala la dirección sin decir la distancia y domingo a medio día con todo cerrado. En una farmacia me indican donde está la parada de autobús, pero no sabe cada cuanto pasan. Afortunadamente está techada y tiene sombra.
Cuando llevo casi una hora esperando, aparece Pedrinho, un taxista que está haciendo mudanza de su casa y lleva el coche cargado hasta arriba; en ese momento está transportando las plantas. No estoy para elegir, así que me meto en mitad del “bosque” y adelante. No tenía reserva, pero si la dirección de una de las pousadas que aparecían en la guía Lonely Planet, Pousada La Roca. Pedrinho me dice que allá yo, pero que él elegiría una en el centro, hay muchas, pero que La Roca está en lo alto del morro y que de noche está muy oscuro. Pues si qué es complicada Praia do Rosa.
Confío en Pedrinho y me bajo en el centro, agotado. Lo primero, me tomo un suco (zumo) de açaí, que es una fruta tropical que tenía ganas de probar y que dicen que tiene muchas vitaminas. El de la tienda me recomienda la pousada Halliny do Rosa y allí me recibe Demian, que en cuanto me oye, me pregunta: “¿Gallego de dónde?”. Es argentino y ha trabajado cinco años en Marbella. El pueblo está lleno de argentinos, no sólo visitantes, sino también los que explotan los negocios. También hay mucho brasileiro de Rio Grande do Sud, por los “cimarraos” de hierba mate que se toman hasta en la playa con la caló.
La playa en sí está rodeada de vegetación. En la parte central hay una laguna y una montaña, el “morro”, que la protege. En esa montaña hay casas pero diseminadas y bien integradas en el paisaje. Tiene dos problemas: uno que para ir a la playa hay que cruzar la montaña, de diez a 20 minutos, según la ruta; más empinada la primera. El segundo, la lluvia. Llueve todos los días, al menos unas horas. Como dice Demian, si no lloviese, no estaría tan verde.
Para mi tiene todo lo que busco. Una playa bonita, con trilhas (senderos) que conducen a otras playas. Un pueblito pequeño, pero con varios bares y restaurantes. Un bar junto al mar, el de la foto, que sirve cerveza bien fría. Un ventilador en el techo de mi cama y una hamaca en mi porche para echarme la siesta y leer. Los de la pousada son muy agradables y por todos lados puedo hablar español. No tengo las vistas espectaculares de las pousadas del morro, pero no tengo que volver andando a oscuras por la noche ¡Qué providencial fue Pedrinho!
La foto no hace justicia a la playa. Lo bonito es que es que todo la parte interior está llena de vegetación. Es un sitio de surferos y muy cerca está la playa de Guarda de Embaú, que parece que es una de sus playas favoritas.
En un restaurante que preparan “torradas catalanas”, una de las dueñas, Paula, una enamorada de Barcelona, me dice que hay un malagueño, Jose, que lleva en el pueblo desde noviembre. Le digo que si lo veo, le invito a una caña. Le llama al móvil, pero está en cama resfriado, porque la tormenta del martes le pillo de camino. Una pena porque me hubiese gustado conocerlo.
Al final, me quedé más de lo que pensaba. El jueves me volví para Florianópolis y me aloje en el hostel de mochileros. De noche, se forman varios grupos. De un lado, los latinos (brasileños, argentinos y españoles) que son los que montan el jolgorio, compartiendo botellas de alcohol. Los no latinos por otro lado en varios grupos, algunos viendo películas en su propio ordenador, y un asiático que se calienta una sopa de noddles y no levanta la cabeza de su netbook. Una vez más, a pesar del buen rollo, esa noche me confirma lo lejos que estoy ya de los veinteañeros y sus bromas.
Mañana sábado vuelo a Rio de Janeiro y el martes por la noche a Nueva York. Un brindis por Pedrinho y por los “ángeles” españoles que me han solucionado un problema con las tarjetas.
Hotel Mercure Lindacap. Florianópolis. 26 febrero 2010.

Fran, recupero la lectura del Blog (me he perdido Brasil porque mi reincorporación fue muy brusca y ahora ya estoy tomando oxígeno). Me traes muchos recuerdos de cuando estuve por la alemania brasileña como tú dices (en Santa Catalina, cerca de Portoalegre).
ResponderEliminarEnvidia cochina las playas que te has marcado. Y como he estado "desaparecido" veo que te has hecho un verdadero mochilero, en contra de tus inciales previsiones. Bien.
Un abrazo.