
En San Carlos de Bariloche estoy solamente un día. Es domingo y empieza la aventura de encontrar internet. Doy vueltas por la ciudad y encuentro todo cerrado. Más tarde descubriré que, en cambio, en las dos calles principales está todo abierto. En Viña, el domingo pasado, era al revés, en la calle principal estaba todo cerrado. Un lío. Finalmente encuentro un café de la gasolinera que tiene wi-fi, pero no cámara.
En la mesa de al lado, unos jóvenes, como de bachillerato, mantienen una discusión extraña sobre el transexualismo y los derechos humanos. Por curiosidad les pregunto y me dicen que es un trabajo de filosofía. Hablan y hablan, divagando sin mucho sentido. No me queda claro si están a favor o en contra, pero si muy claro que son argentinos.
Fui el único integrante del Cruce de Lagos que no tenía hotel. El residencial que me recomendaron se llamaba Portofino y es propiedad de unos viejitos muy entrañables. Les pregunto si conocen Portofino y me dicen que no, que pusieron el nombre porque el marido era italiano. Tienen alguna foto y dicen que les pareció un lugar muy lindo, que debe ser como Acapulco, donde estuvieron hace muchos años. Les digo que nada que ver. Portofino es un pueblito, en la sierra del Rapallo, cerca de Génova, muy exclusivo con un puerto de yates y muy pocas casitas. Uno de los lugares más bonitos de Europa. Yo había estado hace ya muchos años. Aprovecho la conexión a internet para bajarle unas fotos a la señora, que luego le enviaré por correo a su nieta. Ellos ya están mayores para Internet y los ordenadores cuestan mucha plata, me dice.
La temporada de esquí terminó a principios de octubre y los turistas se dedican a hacer senderismo. Me recomiendan subir al Cerro Campanario, donde se tiene la mejor vista del lago y de sus islitas. Se sube en telesilla y efectivamente el paisaje es impresionante. ¡Qué belleza!, se le escapa a la gente cuando se asoma a los miradores. No creo que haya muchos lugares así en el mundo, posiblemente en Canadá, en Nueva Zelanda, pero no mucho más. Imaginaros la foto en continuo. Lamentablemente mi cámara está cargando la batería en el residencial.
Al día siguiente vuelvo a Puerto Varas, en un viaje de autobús de 7:30 de la mañana y llego a las tres de la tarde. Las aduanas en la vuelta son más pesadas y revisan maletas y mochilas. Los chilenos son muy estrictos con los productos vegetales y de alimentación que entran en el país y ponen fuertes multas si no los declaras.
En la mesa de al lado, unos jóvenes, como de bachillerato, mantienen una discusión extraña sobre el transexualismo y los derechos humanos. Por curiosidad les pregunto y me dicen que es un trabajo de filosofía. Hablan y hablan, divagando sin mucho sentido. No me queda claro si están a favor o en contra, pero si muy claro que son argentinos.
Fui el único integrante del Cruce de Lagos que no tenía hotel. El residencial que me recomendaron se llamaba Portofino y es propiedad de unos viejitos muy entrañables. Les pregunto si conocen Portofino y me dicen que no, que pusieron el nombre porque el marido era italiano. Tienen alguna foto y dicen que les pareció un lugar muy lindo, que debe ser como Acapulco, donde estuvieron hace muchos años. Les digo que nada que ver. Portofino es un pueblito, en la sierra del Rapallo, cerca de Génova, muy exclusivo con un puerto de yates y muy pocas casitas. Uno de los lugares más bonitos de Europa. Yo había estado hace ya muchos años. Aprovecho la conexión a internet para bajarle unas fotos a la señora, que luego le enviaré por correo a su nieta. Ellos ya están mayores para Internet y los ordenadores cuestan mucha plata, me dice.
La temporada de esquí terminó a principios de octubre y los turistas se dedican a hacer senderismo. Me recomiendan subir al Cerro Campanario, donde se tiene la mejor vista del lago y de sus islitas. Se sube en telesilla y efectivamente el paisaje es impresionante. ¡Qué belleza!, se le escapa a la gente cuando se asoma a los miradores. No creo que haya muchos lugares así en el mundo, posiblemente en Canadá, en Nueva Zelanda, pero no mucho más. Imaginaros la foto en continuo. Lamentablemente mi cámara está cargando la batería en el residencial.
Al día siguiente vuelvo a Puerto Varas, en un viaje de autobús de 7:30 de la mañana y llego a las tres de la tarde. Las aduanas en la vuelta son más pesadas y revisan maletas y mochilas. Los chilenos son muy estrictos con los productos vegetales y de alimentación que entran en el país y ponen fuertes multas si no los declaras.
Hotel Ciudad de Vitoria. Santiago. 26 de noviembre de 2009.

Hola Fran: las vistas son, desde luego, espectaculares.
ResponderEliminarYo creía que ya no volverías a Chile, pero veo que sí. ¿Cuando piensas dejar el país?
Un abrazo.
Juan Francisco