

Cherry Blossom (Cerezos en flor) es el momento en que Washington DC se pone guapa. En 1912 los japoneses regalaron cerezos a Estados Unidos como símbolo de la amistad entre los dos pueblos. Los plantaron en la capital, alrededor del Tidal Basin y en la ribera este del Potomac. Tidal Basin es un gran estanque cerca del Mall, el gran parque que une el Capitolio a un lado, con el Memorial de Lincoln al otro, y la Casa Blanca en medio. Desde el estanque se ve al norte el gran obelisco (Memorial de Washington) y el Memorial de Jefferson, al sur. El sitio es realmente “terreno sagrado” para Estados Unidos, como recordaba una de las autoridades en una de las ceremonias. No sé cuantos árboles regalaron, pero ahora hay más de tres mil, además de otros muchos dispersos por la capital. Durante un par de semanas al año, se produce la floración. La fecha varía cada año, dependiendo de la temperatura, pero normalmente es entre finales de marzo y principios de abril. Yo llegué el día 2 de abril y ya había pasado el momento culminante y estaban empezando a caer las flores y a reverdecer los cerezos. La ciudad aprovecha para celebrar un festival que dura unas tres semanas. Se celebra la llegada de la primavera (este invierno, por lo visto, ha nevado muchísimo), la amistad con el pueblo japonés, pero, sobre todo, el espectáculo de la naturaleza, esa belleza temporal y frágil, que llena la ciudad de colorido. Rosa y blanco.
Washington se llena de turistas, cientos de autobuses cargados de gente que toma posesión de los parques. Como me decía el taxista que me trajo del aeropuerto, un hindú de Tanganika, eso es el Cherry Blossom, una horda de turistas que se saltan los semáforos y arrasan el césped. Rodeado de gente, uno tiene una sensación anticipada del próximo futuro de este mundo nuestro: Asia. Hay americanos blancos, sí, hay negros, sí, hay latinos, sí, pero por encima de todo hay asiáticos: amarillos, e hindúes y pakistanies. Muchas familias, con muchos niños y cargados de bolsas de comida. El siglo XXI es de ellos, ya podemos ir preparándonos.
La ciudad tiene una belleza elegante y clásica. Es un concentrado del idealismo de los padres fundadores (“We the People” – Nosotros el Pueblo-, como dice el preámbulo de su Constitución) y de sus grandes figuras y presidentes. Pero, detrás de ese idealismo, que uno percibe con la vista, uno no puede dejar de sentir el poder, la fuerza bruta, que emana de la Casa Blanca y del Capitolio. Pues bien, ver esa misma Casa Blanca o el Capitolio, a través de los cerezos, da esa sensación de que el mundo podría ser mejor, más armónico, menos duro con los débiles. Es una especie de revolución de los claveles, pero en este caso no es el pueblo el que pone flores en los fusiles y en los cañones de los tanques, es la Naturaleza la que pone flores en esos símbolos de poder para recordarnos, ahora que empieza una nueva estación, que otro mundo es posible. Ojalá.
Con el festival, se celebran varios espectáculos, aunque yo estaba bastante perdido. El sábado al anochecer ví que la gente no se iba y acampaba esperando algo. Pregunté y pude ver los fuegos artificiales. El domingo de casualidad pillé la ceremonia del encendido de la linterna. Es una llama en un monumento de piedra, de cientos de años de antigüedad, que Japón regaló en los años cincuenta a EEUU para conmemorar el centenario del primer Tratado de Comercio que los dos países firmaron en 1854; allí encendieron una linterna similar. (Vamos a llamarle “tratado”, pero fue cuando la marina de guerra estadounidense, al mando del Comodoro Perry, obligó a Japón a abrirse al comercio internacional). En la ceremonia, hay japonesas vestidas de kimono, se tocan instrumentos tradicionales y un pequeño coro cantó, entre otros, los dos himnos y una divertida versión “a capella” de la Marcha Radetzky. Hay discursos de autoridades, muy simpático el del embajador del Japón y, también, claro y directo el del Senador de Virginia que preside el Comité de Relaciones con Japón, recordando su primera visita a es país, como marine.
Mi hotel, el Helix, de la cadena Kimpton, está bien situado (unos diez minutos al norte de la Casa Blanca), pero es bastante peculiar. Lo elegí porque tenía una oferta para seis días coincidiendo con el Cherry Blossom. Las críticas de Tripadvisor no tenían término medio: o lo ponían por las nubes o no les gustaba nada. Digo peculiar, porque es un hotel muy “pop”, con una decoración muy moderna, un poco gay. En el armario, hay un albornoz y ropa interior de leopardo, por si los quieres comprar y sacar tu lado salvaje. Something Wild? No, thanks.
Hotel Best Western President. Nueva York. 8 marzo 2010.

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